sábado, 1 de agosto de 2009

Huellas alegres


Hace unas semanas decidí darle un giro de 180 grados a mi vida (si, otra vez!) y regresar a Bélgica, país al que llegué por azar en 1999 y en el que viví durante 8 años.
Esta segunda etapa ha sido completamente distinta: ahora estoy soltera, tengo un hijo de 2 años, estoy buscando trabajo y vivienda. Mejor dicho, como dirían por ahí, "la cosa no esta pa' fiesta".
Pero he tenido días de fiesta, de celebración, de paz con la vida; días como hoy.
Tomé un tren con mi hijo rumbo a Blankenberge, una ciudad ubicada en Flandes Occidental, muy concurrida en verano pues queda frente al mar del norte y sus playas son de arena suave y agradable.
Después de visitar pingüinos, tortugas marinas, tiburones, medusas y langostas entre otros huéspedes permanentes de un parque llamado Sea Life, fuimos a caminar a la playa.
No sé ustedes, pero yo nunca me canso de ver el mar, siempre tengo una sensación maravillosa cuando estoy frente a él. Siento paz, gratitud y vida. Hay silencio y música.
Caminamos descalzos en la arena durante mucho rato. Mi hijo y yo de la mano y en silencio como si no existiera nada más; como si no hubiera nadie en la playa; conectados el uno al otro, sentimos la cadencia de las olas y la frescura de la brisa; dejamos las huellas marcadas en la arena; huellas que serían arrastradas por las olas y llevadas al mar.
De repente, una ola juguetona nos mojó las piernas y comenzamos a jugar y a saltar. A reírnos a carcajadas. De repente, fui completamente feliz y de nuevo, gracias al mar.